Fotografía: Philip Monntgomery para The New York Times
De cabeza
¿Acaso no lo sabes? El amor de una madre
ignora el orgullo
como el fuego
ignora los gritos
de los que incendia. Hijo mío
incluso mañana
tendrás el día de hoy. ¿Acaso no lo sabes?
Hay hombres que tocan pechos
como tocaría
cráneos. Hombres
que cargan sueños
y atraviesan montañas, con los muertos
sobre la espalda.
Pero sólo una madre puede andar
con el peso
de otro corazón latiendo.
Niño tonto.
Puedes perderte en cada libro
pero no te olvidarás de ti mismo
como dios olvida
sus manos.
Cuando te pregunten
de dónde eres,
diles que tu nombre
fue arrancado de la boca sin dientes
de una mujer de guerra.
Que no naciste
sino que te arrastraste, de cabeza
hacia el hambre de los perros. Hijo mío, diles
el cuerpo es una daga que se afila
cortando.
Rompe hogares
Y así fue como bailamos: arrastrando los vestidos
blancos de nuestras madres, agosto
nos teñía las manos rojo oscuro. Y así amamos:
medio litro de vodka y una tarde en el desván, tus dedos
acariciando mi pelo, mi pelo un incendio. Nos cubríamos
los oídos y los arranques de tu padre se convertían
en latidos. Cuando nuestros labios se tocaron el día se cerró
como un ataúd. En el museo del corazón
dos personas sin cabeza construyen una casa en llamas.
La escopeta siempre estuvo sobre la chimenea.
Siempre hay tiempo para matar, -sólo para rogarle a dios
que te lo devuelva. Si el desván no, el coche. Si el coche no,
el sueño. Si el chico no, su ropa. Si vivo no,
cuelga un teléfono. Porque el año es una distancia
que hemos recorrido en círculos. Es decir: así
bailamos: a solas en cuerpos dormidos. Es decir:
así nos amamos: en la lengua un cuchillo que se vuelve
lengua.



















