jueves, 12 de enero de 2017




Aníbal Merlo


Quizá Aníbal Merlo pueda ser definido como artista del silencio y la soledad. Y quizá por eso es creador de unos paisajes sin igual, que aunan la extrañeza de la selva y el desierto, o de alguno de los asteroides y planetas que recreaba Saint-Exupèry. El viaje es el pensamiento, y no sorprende que la pintura se haya ido convirtiendo en escultura y a la vez en fotografía. Eran la misma cosa. El deseo de descubrir.
Un viaje que en la madurez de los sesenta sigue tentando al artista, quizá como un Simón Estilita que ha sido educado con otras preocupaciones y que el cilicio que ha conocido es más bien el de las heridas de su época. Su columna está muy cerca de la tierra, quizá también porque sabe que al final las pequeñas cosas son las que van conformando la vida: ese sol que nos sorprendió en la mañana, aquella cita a la que no acudimos, esa maderita que nos encontramos dando un paseo.
El artista que inicia el viaje crea cartografías, y los mapas elegidos también le van creando.
Hay una belleza contenida, una inquietud amordazada en los mundos que surgen, tan cercanos y a la vez tan enigmáticos, que qué sorpresa, cuando aparece el hombre es apenas un juego que produce una inquietud distinta, un poco hitcockiana. ¿Por qué los parajes encontrados nos parecen de otro mundo? ¿Nos cuesta tanto reconocernos o la paradoja es que no podemos?
Como un mago, como un coleccionista, como un botánico o geólogo, va acumulando pequeñas piezas vegetales o minerales: hojas, guedejas de esparto, semillas, pétalos, piedras, berenjenas, caracolas, setas… Como un coleccionista de mariposas que quisiera al disecarlas conservar el vuelo.
El rastro del pensamiento, de la felicidad, de la búsqueda, de la huella.
De eso se trata. Parajes que sean un espejo en el que mirarnos para intuir nuestro yo, el que sigue siendo o ya no es, o será para siempre.
Hace quince años Aníbal Merlo escribió un delicioso relato llamado Tag, en el que contaba la historia de unos seres que solo vivían veinticuatro horas.“Los tags –escribe- no son piratas ni argonautas, ni faunos, ni pterodáctilos, ni dragones, ni sirenas, ni vampiros, ni ángeles, ni fantasmas, ni tigres, ni serpientes, ni anguilas, ni perros, ni gatos, ni delfines, ni hormigas, ni escarabajos, ni mariposas, ni pájaros, ni personas corrientes, si bien algunas de estas especies y otras, comparten con ellos el territorio”.
Al acabar de leer el relato se tiene la sensación de que los tags tienen algo humano, demasiado humano. Y se tiene la sensación de que el creador “por encima de su vulcanología, su meteorología o su hidrografía” habla de los hombres, de las personas y sus sentimientos.
Sus dos últimas series, “Botánica de las sombras” y “Parajes encontrados”, surgen directamente de su pintura, aunque como dice: “Yo voy un poco en círculo”. Ese entremezclarse que busca la geometría y su sombra, y que hace que la escultura pueda ser pintada y dentro de la fotografía se fotografien pintura y escultura, como parte de los elementos elegidos. Hay también algo muy profundo en su complementariedad de lenguajes. Y otra paradoja: desde la complejidad se intuye una mayor búsqueda de comunicación.
En el inicio de su página web el artista escribe un texto muy esclarecedor sobre su trabajo -“La transmutación de los sueños”- en el que dice: “Nuestro pensamiento sigue una ruta en la que abundan los huecos y rincones, que obligan a detenerse constantemente, para instalarnos o cambiar el sentido de la marcha”. Sus cantos de sirena son huecos y rincones, recovecos. Y una forma de la huida puede también ser el enfrentamiento. El pensamiento ya sabemos que puede ser ir de calleja en callejón, hasta dar con el callejon sin salida. Por eso Aníbal Merlo, como otro viajero convertido en Alicia –Lewis Carrol– nos propone su país de las maravillas: un reino lleno de sensualidad, no sabemos muy bien si es la luz o el color, una extrañeza surreal, como cuando intentamos descifrar si aquello que tiene apariencia de realidad es memoria o sueño. Para algunos paz, para otro tensión. Quevedo, Calderón, Cernuda no son malos compañeros de viaje para esta aventura.
Aníbal Merlo nació en Buenos Aires en 1949. Reside en España desde el 74. Ha contado que vino sin pensar que llegaba para quedarse. Su primera exposición individual fue en Bonn, Alemania. Luego París, Bruselas, Buenos Aires , Madrid, Graz (Austria). Veintiocho años de trayectoria avalan un trabajo sobre el que han escrito Calvo Serraller, Juan Manuel Bonet, Rosa Olivares, Fernando Castro Flórez, Juan Antonio Tinte, Marcos Ricardo Barnatán, Miguel Fernández-Cid, Alvaro Delgado-Gal, Javier Maderuelo, Adolfo Castaño, Miguel Cereceda, Francisco Carpio o Mercedes Replinger, autora del ensayo “Una navegación profunda”, para el catálogo de su magnífica exposición en la Fundación Antonio Pérez, en Cuenca. ARCO ha sido una cita para su obra en varias ocasiones de mano de la galería May Moré, dónde ha hecho su última individual madrileña en el 2007. Destaco también su individual en el Museo Barjola de Gijón. En primicia aparecen en la revista sus dos últimas series “Botánica de las sombras” y “Parajes encontrados”, la materia de su próxima exposición.
Jesús Gironés
Entrevista publicada originalmente en la revista Ballesol, marzo de 2009





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