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domingo, 10 de mayo de 2020

Restos de Cosas. De la imposibilidad de atesorar el pasado.





"Aunque no sea la primera vez, aunque la hayamos visto en nuestros padres y en los padres de nuestros padres, nunca se está preparado para la muerte, como nunca se está preparado para el amor. La muerte, como el amor, sucede siempre por vez primera".







"Yo sigo en esta casa para que la muerte no te robe entera. Para decir tu nombre, para cuidar de lo que cuidábamos. Esta casa que fue nuestra, que fue nosotros, que fue juntos. La defiendo. Sostener lo que te sostuvo, esa es la tarea de mis manos".









"En lo que desaparece, permanezco"





Restos de cosas

Dirección: Salvador Sunyer, Xavier Bobés
Guión: Salvador Sunyer, Xavier Bobés, Marta Lallana
Música: Lucas Peire
Fotografía: Agnés Piqué Corbera

Reparto: Xavier Bobés, Antonio González.
                La voz de José Sacristán.






[No sé si el protagonista está muerto, deshecho por el agua como todas las cosas. Podrido por las fotografías que ni siquiera ha podido conservar, salvarlas de la ruina, condenándolas -quizá- a la desmemoria. No se si es otra cosa que podredumbre, alma, el ser que maneja neurótico fotografías y nos intenta mandar un s.o.s. a los espectadores, a otro espacio.
Esa casa que estalla en agua, en torrente, en belleza. Esa casa derrumbada por el agua. Esa casa que quizá ya solo es agua, arroyo, naturaleza sin memoria que sigue su curso, el de la lluvia, el de la destrucción, el del olvido.
Ese hombre que es una sombra, impotencia.
Ese hombre que somos nosotros, esa sombra que soy, ese yo.
Al borde.]

[No estamos preparados para la muerte de las cosas que amamos]

Se arroja la ceniza. Fluye. Desaparece.


Pero no hay Dios ni hay Ley que a contradanza
no se pueda bailar. Tu muerte es tuya.
Tu no saber es toda tu esperanza.

Agustín García Calvo
Sonetos Teológicos
Sermón de ser y no ser


retazos así
que de retazos es la historia que nos cabe
como gotas de sangre en un álbum ya sin fotos
perdido en el trastero
de una casa
al borde
del derrumbe

Mario Merlino
Arte cisoria


sábado, 8 de julio de 2017

"El Emparrado", de María Antonia Ortega.

Hortensias bajo el emparrado, en la casa familiar de María Antonia Ortega, en Béjar.






EMPARRADO II



(…) los ndembu piensan que la mujer, al no engendrar hijos y desperdiciar su sangre menstrual, está renunciando activamente al rol que la espera de mujer madura y casada. Está comportándose como un hombre matador y no como una mujer nutridora. Es una situación análoga, aunque modificada por la matrilinealidad, a la de esta declaración del antiguo código judío de Quaro: “todo hombre está obligado a casarse con una mujer para engendrar hijos; y aquél que no cumple con este deber es como uno que derrama sangre”.

SÍMBOLOS EN EL RITUAL NDEMBU, Victor Turner




Dichosa la estéril sin mancilla… cuando sean juzgadas las almas se verán sus frutos.

SABIDURÍA 3:13



Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotros y vuestros hijos, porque mirad, llegará el día que dirán: dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 23, 27-31



No solo había escarnecido la moralidad de la institución familiar, sino que, además había escarnecido la economía del matrimonio, que consiste en la producción de hijos, demostrando públicamente que se puede ser estéril a elección y con absoluta impunidad.

EN LA CIUDAD, William Faulkner



La sentencia más profunda que se ha escrito jamás -dijo lleno de entusiasmo Temple- es ésta con la que termina el libro de zoología: la reproducción es el principio de la muerte.

RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE, James Joyce




El retrato de mis padres jóvenes,
mi Dios.

ARABESCO:
Nacídelentusiasmodelabellezadelmomento.

Mis padres se doblaron
con la luz de la tarde,
plegándose
como las sillas de lona a rayas
del emparrado.

Ah, mis padres eran todavía
demasiado jóvenes y bellos
para resignarse.
Nací de su entusiasmo.

Ahora vuelvo a la casa de mis abuelos,
a la Casa del tiempo:
su latido todavía como un niño
jugando al escondite inglés
en la eternidad,
intercambiando para su álbum de cromos
el paso de las horas
por el compás de unos remos.
La casa de los abuelos es ahora
un arado flotando en el mar.
Después de tanto tiempo,
¿me reconocerán, sabrán quién soy,
ahora que el huerto está abandonado,
y hay en él más pájaros que flores?

Porque no me he reproducido
multiplicándome,
sino dividiéndome sin fin, sin fin
en círculos concéntricos hacia dentro

No he vuelto a la casa del padre,
sino a la de los abuelos.
más lejos todavía.

Quede mi memoria, abuelos,
aunque sea de forma efímera,
entre las ondas del agua
como una corona de flores
o un ramo de novia deshaciéndose,
y no sobre las huellas del barro seco.

No he dado muerte, no he dado vida, no he dado muerte.
no he transmitido la condición mortal;
pero este camino es también tan largo
como el de las generaciones,
y se refleja en algunos rostros
como los padres en los hijos.
Escribo poesía,
escribo poesía
porque he salvado así
la vida de mis hijos.
















El Emparrado, María Antonia Ortega. Colección eMe. Ediciones La Palma. Madrid, marzo de 2014.

lunes, 8 de mayo de 2017

Ana María Matute: MAR



Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y, cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas. Pobre niño, estaba doblado, amarillo. Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el mar”. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían una prisa muy grande. El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde.
Pero cuando llegó al mar se quedó parado. Su piel, ¡qué extraña era allí! “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta dónde me llega el mar”.
Él, que creyó el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies.
¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar!”. Y anduvo, anduvo, anduvo. El mar, ¡qué cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta. Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Entonces, le entró en las orejas el eco largo, las voces que llaman lejos. Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era de verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde.
Pero los de la orilla no entendían nada de nada. Encima, se ponían a llorar a gritos, y decían: “¡Qué desgracia! ¡Señor, qué gran desgracia!”

MAR

Ana María Matute

Los niños tontos







El Saler. Valencia.